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ECONOMÍA

En Cuba la cuestión del aseo personal es digna de la Edad Media

ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES | Los Ángeles

¿Cómo olían las axilas de la gente común trabajadora en los tiempos del Cid Campeador? Seguramente no a rosas. No existía  el desodorante, ni jabones de baño perfumados a la venta en las esquinas. No había cómo cepillarse los dientes con agradables dentríficos desinfectantes, ni detergentes para fregar platos y  limpiar los mesones y tabernas. No se conocía el papel higiénico, ni la crema de afeitar refrescante, agua de colonia o lociones aromáticas.

En Cuba 1.000 años después, en pleno siglo XXI, ocurre lo mismo. Recientemente la ministra de Comercio Interior, Betsy Díaz, anunció que hasta abril no habrá productos de aseo personala la venta, porque la “tensa situación financiera” obliga a destinar las escasas divisas a importar alimentos y combustibles. Luego se informó que la espera no será hasta abril, sino hasta marzo. Total, es casi lo mismo.

En pocas palabras, a los cubanos de a pie en la Isla la dictadura los está arrastrando hacia atrás en el tiempo, a vivir en la Edad Media profunda, época que no vivieron como pueblo (no existía, salvo los aborígenes), pero que recibieron en el siglo XX como regalo de los hermanos Castro (siempre aclaro lo de cubanos de a pie, porque la nomenklatura  dictatorial  no carece de nada, gracias a la explotación a la que somete precisamente a esos cubanos nada privilegiados).

Desde enero la escasez de todo se ha disparado: faltan de manera intermitente o fija el gas para cocinar, la harina, el pan, la carne de puerco, pollos, huevos, pescado, puré de tomate, sal, aceite vegetal, leche, frutas, café, y hasta de arroz; así como medicamentos, gasolina, transporte, vivienda. Todo ello de la mano del hedor ambiental y el peligro de epidemias que emanan de los basureros nauseabundos en las calles.

Pero ahora se agrega algo insólito, puede que también las propias personas  lleven mal olor encima si no adquieren  en el mercado negro productos de aseo, si logran conseguirlo  y a precios prohibitivos, pues la ley de la oferta y la demanda no hace excepciones.

Y es probable que en marzo o abril Betsy se aparezca ante los medios y diga que no alcanzaron las divisas  para importar productos de aseo y que será en agosto que se “normalizará” la situación.

Por supuesto, la ministra afirmó que “el financiamiento tiene que destinarse a sortear las adversidades del crudo bloqueo”.  O sea, la culpa del mal olor y la falta de higiene también la tiene Washington.

Cuando casi todos los productos de aseo se producían en Cuba

Lo que la funcionaria no dijo es que antes de 1959 y de que los Castro comenzaran la guerra contra EEUU al confiscar propiedades estadounidenses por valor de 1.800 millones de dólares, en Cuba se producía la inmensa mayoría de los productos de aseo, limpieza e higiene que se consumían. No había que importarlos. Tres grandes fábricas habaneras, Crusellas,  Sabatés (fundadas en el siglo XIX) y los Laboratorios Gravi, se encargaban en buena medida de ello, junto con otras plantas.

Crusellas (800 trabajadores) estaba asociada con la compañía estadounidense Colgate-Palmolive, y Sabatés con Procter & Gamble. Crusellas producía en la Isla los jabones Candado, Palmolive y Hiel de Vaca, la pasta dental Colgate; el limpiador Ajax;  Kolonia 1800 y Myrka; agua de tocador Rhum Quinquina (para el cabello); agua de violetas Lavanda; champú Halo Colgate, así como desodorantes, brillantina, polvos y talcos.

Existían además en el mercado cubano los detergentes FAB, Tide, Ace y Lavasol, los jabones Rina, Camay, Heno de Pravia, Suave, Oso, Tornillo, Llave, Elsa; Glostora (para el cabello), la pasta dental Gravi, y  otros productos de alta calidad elaborados en Cuba.

Quienes tienen más edad recuerdan los comerciales en la TV, la radio y la prensa. Además, Cuba estaba a la cabeza de Latinoamérica en técnicas publicitarias. Yo me acuerdo de frases  como “Ponga el Oso a trabajar”, “Rina es duro, duro de verdad”, “Jabón Camay,  embellece desde la primera pastilla”; la “sonrisa Colgate”, “Jabón Candado, con pirey, fuerza blanca”; “El nuevo Ajax, limpiador perfumado”;  “Lavasol  da blancura de sol”, “Ace hace de todo”, y muchas otras, con su musiquita y todo.

¿Es posible imaginarse a un ministro cubano en 1958 anunciarle a la gente que durante tres meses no se podrá enjabonar, ni lavarse la boca con pasta dental?

Y que no me vengan a decir los defensores del régimen que aquellos productos de aseo no estaban al alcance del “pueblo trabajador”. Difícilmente podía encontrarse en Cuba a un empleado u obrero industrial —recordemos que el salario promedio era de 130 dólares en 1958, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT)—  con mal olor corporal  o en la boca por no poder comprarse un jabón o un tubo de pasta dental.

Mercancías con valor agregado que aumentaban el PIB

Lo más importante es que si bien eran producidos en asociación con compañías estadounidenses, se elaboraban en Cuba. Eran productos cubanos y daban empleo a miles de cubanos que con su consumo familiar hacían crecer la economía nacional. Se importaba la materia prima, pero el valor agregado al producto ya terminado iba al Producto Interno Bruto (PIB).

Por eso la balanza comercial de Cuba antes del comunismo siempre registraba superávit. Las exportaciones superaban a las importaciones. Qué contraste tan brutal: en la Isla desde hace seis décadas, con excepción de un superávit casi simbólico de 10 millones de dólares en 1974, en los otros 59 años transcurridos desde la sovietización de la economía (13 de octubre de 1960) la balanza comercial ha registrado un  déficit tras otro, sin parar.

Esos continuados déficits (algunos astronómicos) conformaron una deuda externa sumamente elevada para el pequeño tamaño de la economía cubana.  Baste decir que en los años 80 el monto de la deuda cubana, de 51.000 millones de dólares, equivalía al 85% del PIB,  proporcionalmente la mayor deuda de Latinoamérica según el FMI.

Con la URSS  y demás países socialistas la deuda superó los 40.000 millones de dólares, y con el Club de París llegó a 11.100 millones, de los cuales perdonó a los Castro 8.500 millones en 2015.  Rusia en 2014 condonó  a La Habana el 90% de los 35.000 millones de dólares que le debía. Putin, consciente de que nunca lo cobraría todo redujo el adeudo a 3.500 millones. Inútil intento, tampoco los va a cobrar.

Paladares que están cerrando sus puertas

En cuanto a la falta de higiene en Cuba, esta no solo impide el aseo de los cubanos como requiere vivir en el siglo XXI y no en el XI cuando las hazañas del legendario don Rodrigo Díaz de Vivar, sino que impacta fuerte al sector privado.

Desde toda la Isla se reporta que muchos “paladares” están cerrando porque no tienen detergente para fregar los platos, ni productos para limpiar el local, y las moscas  los han invadido. El colmo es que en Morón (Ciego de Avila)  la cuentapropista Dairis González fue multada con 3.000 pesos  (143 dólares) por no tener detergente para limpiar su carro de granizados.
O sea, corriendo ya el año 62 de la “revolución” los cubanos comen cada vez peor y menos, hay más escasez de todo incluso en las “shopping”, el país produce  menos alimentos, bienes de consumo fundamentales, combustibles y materias primas, no hay dinero para importarlos, y ahora tampoco pueden asearse adecuadamente.

Y todo va a seguir agravándose. Venezuela no puede aumentar sus subsidios ni la entrega de petróleo gratis a la Isla. Y el cash proveniente de EEUU (remesas, paquetes y visitas) no será suficiente para mantener a flote una economía que es incapaz de sustentarse a sí misma.

En resumen, el castrismo está obligando a los cubanos en el tercer milenio a conocer en directo cómo se vivía a principios del segundo, 500 años antes de que Colón mostrase que la Tierra no es plana.

2020-02-13T19:20:57+00:00