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ALIMENTACIÓN

La croqueta soberana: 40 años después

FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami

Hace unos días en este sitio apareció un resumen de la comparecencia del ministro de la Industria Alimentaria de Cuba. Para los que ya tenemos nietos, la información del servidor —es lo que quiere decir ministro— pudo provocar un flashback a otros tiempos.

Los de la llamada pizza napolitana cubana (las recetas originales siempre llevan “algo” encima: anchoas, alcaparras, albahaca, lonchas de tomate) y la croqueta de “carne”.

Ambos alimentos emergían por toda la ciudad, salvándole la vida a más de un peatón cubano. La croqueta fue aún más socorrida, a pesar de que el caminante casi podía morir de asfixia al taponarse el cielo de la boca. Era la época de los Marinit, Fruticuba, Coppelita, después los frozen y otras ofertas gastronómicas, los cuales languidecieron a finales de los 60 y regresaron en los 80 del pasado siglo para volver a desaparecer para siempre en pleno siglo XXI.

La pizza y la croqueta, sin embargo, han sobrevivido. La pizza pudo capear el temporal del llamado “Periodo Especial” con quesos de leches insospechadas, y salsas de remolacha mezcladas con puré de tomate rancio. Los más listos derritieron condones encima. Pero es la croqueta el alimento insignia, si cabe el término, de la culinaria revolucionaria. La croqueta soberana o la soberana croqueta tiene la virtud de ser esa masa intangible e indescifrable, casi exotérica, capaz de aceptar cualquier elemento de la naturaleza siempre que la sazón y la sal le den categoría de comestible.

Lo mejor escrito sobre la croqueta cubensis fue obra de Héctor Zumbado, hará ahora unos 40 años. Ni siquiera ese maestro del humor inteligente podía prever que la croqueta sobreviviría al agudo ensayo tragicómico cuatro lustros después. Menos todavía hubiera imaginado el autor de Riflexiones a un ministro hablando de la croqueta como parte de la “soberanía alimentaria y cultura nutricional”. El rollizo encargado de alimentar diez millones de personas lo expresó muy serio, sin asomo de broma: la sobreproducción de croquetas respecto al año anterior es un logro en la estrategia de lograr la independencia en la alimentación del pueblo.

La infinidad de chistes y motes sobre la croqueta no tiene para cuando acabar. Repetirlos es empanizar cuartillas. Lo cierto es que la croqueta cubana asoma su mofada masa cada vez que aprieta el hambre en la Isla. Nitza Villapol diría que se debe a su fácil elaboración e ingredientes: enseñó en televisión que era lo mismo hacerla con chícharos que, en época prerrevolucionaria, de jamón ibérico.

Ahora el ministro no muestra la proporción de carnes y otros elementos en la neocroqueta del Periodo Especial II. Solo explica que unas provienen de las industrias cárnicas —sin decir la porción de carnes, pezuñas y crestas usadas en la masa— y que la croqueta de la pesca —¿agua dulce o salada?— la dobla en cantidad.

Lo curioso y doloroso a la vez no es la croqueta en sí y para sí, filosóficamente hablando, sino el lenguaje futurista usado por los funcionarios como si los productos ya estuvieran en la mesa. Lenguaje, por cierto, que está más cerca más de lo teológico, del quiera Dios, que, de lo real, del aquí y el ahora.

Aunque ha sido una regularidad en el discurso prometedor del régimen, no deja de ser preocupante que se siga hablando de lo que será, y no de lo que es, hambre, excepto por la producción excedida de neocroquetas. Así, tenemos frases como “se trabaja en esto”, “se prevé tal cosa”, “se desarrolla este proyecto”, “en cartera tenemos tal negocio”, “se incrementará la producción de…”.

La generosa y vilipendiada croqueta también se vino al exilio. Es raro el timbiriche de Miami sin varios tipos de croquetas. No hay fiesta cumpleañera ni convite de amigos en la Habana del Norte sin croqueticas, pancitos con pasta y pastelitos de guayaba. Donde quiera que habite un cubano, la croqueta seguirá estando entre sus manjares más preciados. Eso nos dice que la croqueta, un invento francés que quiere decir crujiente, no es un asunto de soberanía alimentaria sino de soberanía individual y cultural.

No puede haber independencia en la alimentación de un país si las personas no tienen libertad para producir, vender y consumir por su cuenta. Es el hombre y no el Partido, el ministro o el administrador quien hace posible la autonomía alimentaria y no al revés. No ha existido una sociedad en la historia que haya logrado alimentar bien a todos los ciudadanos administrando desde una oficina lo que tienen que comer y cuándo. Eso es una locura. O una maldad. Una violación al derecho humano de elegir cómo y de qué alimentarse aun cuando no tenga con qué.

Eso es válido, incluso, para aquellos países desarrollados con bolsones de miseria, y líderes populistas que escogen alimentos de fácil elaboración y productos de dudosa procedencia para llenar estómagos agradecidos y acallar bocas insubordinadas. Como diría el refrán, en todas partes se cuecen croquetas; solo que en unos lugares se consumen por placer, y en otros, por dura necesidad.


Este texto apareció originalmente en Habaneciendo, blog del autor. Se reproduce con autorización del autor.

2020-09-13T18:23:18+00:00