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ECONOMÍA

La disyuntiva de Cuba: economía de mercado o hambruna

El resultado del modelo totalitario ha sido la destrucción de las principales fuentes de recursos, y su sustitución por rubros frágiles e incontrolables.

DIMAS CASTELLANOS
La Habana 
Una de las grandes promesas económicas de la revolución.
Una de las grandes promesas económicas de la revolución. DDC

Según el anuario azucarero de 1958, un año antes de la toma del poder por los revolucionarios Cuba producía el 72% de todo lo que se consumía en el país, e importaba el otro 28%. Hoy produce aproximadamente el 20% e importa el 80%. Había desigualdades por reparar, pero la economía crecía. El secreto: solo se puede distribuir lo que se produce.

Para solucionar las desigualdades, Fidel Castro aseguró en 1959 que “aumentaría la producción agrícola, duplicaría la capacidad de consumo de la población campesina y lograría para el pueblo un nivel de vida superior al de cualquier otra nación”. Con ese supuesto fin eliminó la economía de mercado, sustituyó la propiedad privada por la estatal, implantó la planificación centralizada, limitó las libertades ciudadanas y en consecuencia se esfumó el concepto de ciudadano.

En agosto de 2020, 61 años después, el segundo secretario del Partido Comunista, José Ramón Machado Ventura, llamó a “aprovechar cada oportunidad de producir alimentos, porque el país no puede seguir con esa elevada importación de comida y pienso animal, que podemos producir internamente”.

¿Qué ocurrió entre la promesa de 1959 y el actual desabastecimiento?

La economía tiene sus propias leyes. Si la misma se subordina a la ideología, se estanca; si el estancamiento se prolonga, involuciona; si la involución se sostiene, conduce a la hambruna.

En julio de 2007, después de múltiples fracasos, Raúl Castro criticó las ineficiencias en la agricultura, enfatizó la importancia vital de producir en Cuba lo que se compra en el exterior y reconoció la existencia de enormes extensiones de tierra infectadas de marabú.

En febrero de 2008, al ser designado presidente del Consejo de Estado, Raúl Castro reconoció el error de haber estatizado casi toda la propiedad económica del país, y anunció la introducción de un plan mínimo de reformas, dirigido a lograr una agricultura fuerte y eficiente, que las personas sintieran la necesidad de trabajar para vivir, rechazar las ilegalidades y otras manifestaciones de corrupción, desinflar las plantillas laborales e impulsar el trabajo por cuenta propia. Luego, el 18 de diciembre de 2010, en la Asamblea Nacional del Poder Popular expresó enfáticamente: “O rectificamos o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio, nos hundimos, y hundiremos el esfuerzo de generaciones enteras”.

En el Sexto Congreso del Partido, celebrado en 2011, el plan de reformas fue asumido como acuerdo y desglosado en los Lineamientos de la Política Económica y Social. La inconsecuencia radicó en que, en lugar de restituir la economía de mercado, se conservó la causa del fracaso: la planificación socialista y la empresa estatal como vías principales.

Una prueba de lo anterior es que unos días después del Sexto Congreso, en las 15 conferencias provinciales del Partido, celebradas entre mayo y junio de 2011, Machado Ventura abogó reiteradamente por mantener la economía subordinada a la ideología. Algunos de sus planteamientos fueron: el Partido tiene que ver en cada lugar qué le toca a cada quien, con nombres y apellidos; tenemos que conocer de antemano qué va a sembrar y cosechar cada productor; hay que exigirle a los que no hacen producir la tierra; etcétera.

En el cruce del año 2015 al 2016 la agudización de la crisis se recogió en el informe central al Séptimo Congreso del Partido: “la existencia de una actitud de inercia o de ausencia de confianza en el futuro; dilatación en la implementación de las políticas aprobadas; improvisación, superficialidad y falta de integralidad a causa de una incorrecta preparación de las obras; falta de previsión y agilidad en la implementación de los Lineamientos.”

El ejemplo más contundente del retroceso es el azúcar. En 1905 se produjeron 1.230.349 toneladas; en 1925 se sobrepasaron los cinco millones y en 1952 se alcanzó la cifra de 7,1 millones de toneladas. Sin embargo, con un esfuerzo voluntarista que dislocó toda la economía en 1970, se produjeron algo más de 8,5 millones. A partir de 1990 comenzó el declive. En el año 2001 se produjeron 3,5millones de toneladas. Para revertir el descenso se cerraron 71 de los 156 ingenios, con lo cual la producción descendió en 2003 hasta 2,10 millones de toneladas. En 2005 se cerraron otros 40 de los 85 ingenios sobrevivientes y la producción bajó hasta 1,3 millones de toneladas. Entonces, el Ministerio del Azúcar fue reemplazado por el Grupo Empresarial AZCUBA, que desde entonces incumplió todos los planes, hasta que en 2020 la caída ha sido tan brusca que por vez primera no se ha dado a conocer la cantidad producida.

De forma similar ocurrió con otras dos producciones claves entre 1958 y 2020: el ganado vacuno descendió de unos seis millones de cabezas hasta algo más de tres millones; mientras el café se redujo de una 60.000 toneladas hasta unas 6.000, cuando ahora la población es casi el doble de la de entonces.

A pesar de los “recorridos orientadores” por provincias y municipios realizados por Machado Ventura y otros dirigentes partidistas, ha sido imposible detener el decrecimiento. Ello indica que la economía estatizada, combinada con las orientaciones ideológicas, es inversamente proporcional al crecimiento. El resultado: Cuba, que era el mayor complejo azucarero del mundo, se encuentra entre los países con menor producción y productividad azucarera y agrícola en general.

La pérdida de la autonomía —que es a la economía lo que el oxígeno a los cuerpos vivos— conjuntamente con el voluntarismo, los métodos de ordeno y mando, la planificación centralizada, la incapacidad de jefes y administradores y la merma del interés de los productores, han conformado la ineficiencia agrícola que caracteriza la producción azucarera y toda la agricultura cubana.

Gustavo Pittaluga, en su libro Diálogos sobre el Destino, decía que el destino de un país no puede ser vender azúcar para comprar automóviles. Y añadía: “en nuestra economía y en nuestra política social debe favorecerse el auge de la industria azucarera; y mientras tanto, fomentar al máximo la diversificación agrícola colateral y el crecimiento de las pequeñas industrias”.

El resultado del modelo totalitario ha sido la destrucción de las principales fuentes de recursos, y su sustitución por rubros frágiles e incontrolables, como son el alquiler de profesionales en condiciones de esclavitud moderna, el turismo y las remesas familiares.

Sencillamente el modelo totalitario resultó inviable y el tiempo de prueba se agotó. El Gobierno enfrenta una contradicción insoluble: la incompatibilidad de los cambios con la conservación del modelo, lo que ha colocado a Cuba en una disyuntiva: se reincorpora a la economía de mercado para superar el desabastecimiento o la hambruna será inevitable.

2020-09-07T19:48:00+00:00