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OPINIÓN

Cuba: los nuevos profetas

FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami

Nunca antes los medios cubanos estuvieron tan empeñados en crear una teosofía sobre la revolución cubana. Presentan un Fidel redivivo,  celestial, resurrecto. Martí fue el Profeta. Fidel es el Mesías, el que tenía que venir. Sin pudor ni temor al ridículo lo anuncian delante de las marchas, las manos de los niños lo tocan, es adorado en cada misa profana asamblearia, porque su palabra es de vida eterna, revelada cual catequesis en cada edición matutina del diario oficial.

No hay espacios para una espiritualidad superior al fidelismo. Él es encarnación en la vida presente y futura de todo una nación. Cada discurso suyo es un pasaje sagrado; cada frase una aleya, un versículo que habrá de repetirse como lema, contraseña para pertenecer a la cofradía de la Verdad  Absoluta. Como dijo Fidel… así empieza todo sermón. Un clérigo apócrifo lo inscribió, indeleble, en la historia del jalalevismo: los hermanos, como Jesús, multiplicaron los peces y los panes.

Es lógico que los ideólogos trabajen esa línea seudorreligiosa. El pueblo cubano es sumamente espiritual, impresionable. Tras la ausencia de un líder carismático, de ideas nuevas, y la apertura de Cuba al mundo a través de las redes sociales, otras alternativas se están conociendo. Sin líder no hay control, y el Partido ya no es, en palabras del filósofo del béisbol, Yogui Berra, lo que en el futuro solía ser.

El mensaje de Jesucristo estuvo encerrado por voluntad del régimen en el ámbito de las iglesias y unas pocas revistas católicas —no autorizadas a venderse en las esquinas—. Todos recordamos la visita de Juan Pablo II a Cuba, imprescindible concesión del Gobierno ante el probable colapso económico y social de los 90. Fueron días de una paz y una reconciliación jamás experimentada dentro del proceso involucionario.  Una frase, filtrada desde las altas esferas, ha quedado para la historia de la infamia después que el avión de Alitalia despegó del Aeropuerto José Martí: hay que “despapizar” a Cuba.

Dentro de ese curioso fenómeno ideológico-político que es el “canelismo” —no confundir con el canibalismo entre dirigentes comunistas— en las últimas semanas algunos jóvenes sacerdotes católicos se hacen presentes en las redes sociales. No es nada nuevo. Los sacerdotes católicos suelen dar mensajes de libertad y redención. En su doble condición de hombre y Dios, Jesús no solo salva almas. Es mensaje también para el hombre vivo, levadura en la masa que es el pueblo.

Quizás se ha magnificado con intenciones poco sanas la contradicción clero-laicado, dándole a la jerarquía eclesial connotación de estructura opresora y rica que no admite disensos ni defiende a sus miembros no ordenados. En el caso de Cuba no alcanzarían las cuartillas para discutir el tema. Unos creen que la Iglesia Católica cubana ha traicionado la fe que en ella tenía el pueblo. Otros dirán que fueron los laicos quienes debieron defender su iglesia —iglesia que somos todos, ordenados y laicos.

Esa aseveración es discutible cuando miles de presos y fusilados, exreclusos de las UMAP y emigrados se enfrentaron al materialismo marxista. Esa afirmación solo puede hacerse desconociendo a los obispos Ciro y Pedro Meurice, al padre José Conrado, el laico Dagoberto Váldes. Hay una gran reserva moral y de ideas en el clero y el laicado cubanos. Una sólida base  espiritual y conceptual para el día en que sea posible, ayudar en la reconstrucción de un país desecho en lo material y en sus creencias religiosas autóctonas.

La historia deberá juzgar si los líderes eclesiales estuvieron a la altura de su misión evangelizadora y redentora durante la oscura noche del comunismo cubano. Se conocerán muchos datos, ocultos ahora, por conveniencia del régimen y de la misma jerarquía católica. Pero sabremos también de heroicidades de muchos ordenados y laicos, de obispos y monjas, impublicables algunas porque los protagonistas, como buenos cristianos, no necesitan otro premio que ser vistos por los ojos de su Dios.

Si bien el Movimiento San Isidro marcó un antes y un después en el medio cultural, parece ser que dentro de la Iglesia cubana, laicos y ordenados jóvenes están tomando relevo de las viejas generaciones, aquellas que con sus luces y sus sombras no cerraron los templos, celebraron el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) cuando el régimen creía extinto el catolicismo en sus predios, prepararon el recibimiento de tres papas, hecho casi inédito en América Latina y publicaron revistas que pudieran considerarse entre las mejores, por sus temas, diversidad y calidad literaria, en 60 años de ordalía marxista.

La institución llamada Iglesia está llamada a jugar un rol decisivo en el futuro de Cuba. Quedarán muchas heridas materiales y morales en ambos bandos. La reconciliación sin venganzas pero con justicia debe ser la meta. La paz y la concordia entre cubanos, vivida durante la visita de Juan Pablo II, será el modelo.

La seudorreligiosidad marxista se agota porque es contra la naturaleza humana. Tiene fecha de caducidad. Es lo que dice la Historia. En cambio la Iglesia cristiana ha sobrevivido a todas las formaciones económico-sociales. La razón plausible: no depende de la voluntad de los hombres. Lo dijo Pablo VI: la prueba de su divinidad es que quienes más deberían protegerla son quienes más daño a veces le han hecho.

Los jóvenes sacerdotes Alberto Reyes y Maikel Gómez son luces que aparecen cuando la noche parece más oscura. Forman parte de los nuevos profetas del cambio. Profetas: quienes denuncian y también anuncian.

2021-01-13T19:12:22+00:00