July 14, 2024

Crónicas y chistes sobre el comunismo

La explosión popular de Caimanera y las crónicas sobre los “héroes del comunismo” dan pie para consideraciones diversas.

René Gómez Manzano

LA HABANA, Cuba. — Para quien esto escribe, el pasado martes fue, en este diario digital CubaNet (para el cual ha colaborado desde hace años), de lectura de crónicas amenas.

Están, claro, las que datan de días precedentes, pero que se mantienen en portada para beneficio de lectores remolones. En mi caso personal, ya las había disfrutado, pero aproveché para releerlas. Entre estas descuellan las consagradas por Ernesto Pérez Chang y Claudia Padrón Cueto a la explosión de descontento popular escenificada el sábado en Caimanera, provincia de Guantánamo.

Ambos colegas prestan merecida atención a la más reciente patraña urdida en los laboratorios del régimen (supongo que por ideación de los ineptos burócratas del “Departamento Ideológico”). Me refiero a la ridícula leyenda que atribuye el inicio de los hechos a la actuación de tres borrachos, asunto al que uno y otra consagran los títulos de sus respectivos trabajos.

El excelente texto de Pérez Chang califica el invento hecho por los propagandistas del castrismo como “mentira chapucera” y resalta una faceta del asunto que, aunque evidente, bien merece ser resaltada: “Incluso, aunque fuera cierta, deja muy mal parado a un régimen en tanto reconoce cuán alto es su nivel de impopularidad, de rechazo, cuando una multitud cansada decidiría sumarse y elegir como líderes a tres borrachos antes que cualquier comunista barrigón”.

Por su parte, Claudia se esfuerza por citar de modo más detallado las razones expuestas por partidarios y detractores oficialistas de la explosión de rebeldía popular, así como por argumentar al respecto. Cae también (¡es imposible no hacerlo!) en el tema de los tres beodos. Y explica que la gota que colmó el vaso personal de esos hombres fue ver a sus tres sobrinitos deglutiendo un sancocho inmundo, digno de cerdos. “Salieron porque no aguantaron más. Oyendo a esas criaturitas decir que tenían hambre”, cita.

Resulta innegable la vigencia e importancia de los trabajos periodísticos que ya he citado. Pero resulta natural que, el pasado martes, mi mayor interés haya estado centrado en los textos de nueva factura que fueron publicados por CubaNet en esa fecha. En particular, llamaron mi atención sendas crónicas creadas por Alejandro Ríos y Jorge Ángel Pérez.

El crítico de cine incursiona esta vez en un tema de carácter musical. Trata un asunto manido: el del primer encuentro de un joven de la época con las geniales creaciones de Los Beatles. Aunque el tema tiene más de medio siglo de antigüedad, Alejandro lo aborda de manera tan original, que logra despertar no sólo el interés en sus propias vivencias, sino también, en mi caso, el deseo de rememorar brevemente las mías propias, que no son diferentes.

Aunque por esas fechas era yo un joven estudiante en la Universidad de la Amistad de los Pueblos Patricio Lumumba, en la lejana Moscú, mis experiencias sobre el asunto no difieren en demasía de las del propio Ríos. Y es natural que así haya sido. No por gusto, en aquellos tiempos distantes, tanto nuestra Cubita tropical como la gélida Unión Soviética sufrían en sus cuerpos la lepra atroz del comunismo.

Del mismo modo que en nuestra Patria, por órdenes del fundador de la dinastía, se perseguía a los admiradores de la música heterodoxa del talentosísimo cuarteto británico, tampoco en la Unión Soviética estaba bien vista esa actividad. En mi caso personal, recuerdo haber oído y quedar deslumbrado por Los Beatles gracias a un amigo africano que estudiaba en mi misma facultad y consiguió uno de sus discos durante un viaje a Europa Occidental.

Por su parte, la crónica de Jorge Ángel Pérez aborda otra característica de los regímenes comunistas: la de multiplicar los héroes; en particular, los de mentiritas. Y es verdad que los rojos cometen ese pecado, y en tan gran medida, que lo que en cualquier país normal del mundo es el fruto de la actividad corriente de un trabajador que se limita a cumplir con su deber, en los países del marxismo leninista se convierte en una proeza laboral, que abre para los autores las puertas al recinto sagrado que pueblan los muchos “héroes”.

El colega comienza su crónica en el estilo que lo caracteriza, con numerosos rodeos y aparentes digresiones. Pero al cabo de siete u ocho párrafos se lanza con decisión contra el conocido “intelectual orgánico” del castrismo, Miguel Barnet Lanza, quien detentara durante años la presidencia de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (la conocida UNEAC).

No cuesta trabajo identificarlo con el personaje que el gran Reinaldo Arenas, en su obra autobiográfica Antes que anochezca, bautizó (y crucificó) como “Miguel Barniz”. Ahora me entero también, a través de Jorge Ángel, que dicho individuo es conocido asimismo, en el mundillo literario, por el ocurrente sobrenombre de “Mimí Yoyó”. Esto, debido a la marcada predilección que muestra por la primera persona del singular.

La conclusión a la que arriba el colega Pérez sobre el mencionado personaje es tajante y contundente: “Miguel Barnet es un viejo manso y arrogante, un obediente anciano, pero jamás un héroe”. No obstante, esos criterios tan negativos no han impedido a sus correligionarios comunistas estirar el concepto hasta deformarlo. Es así que lo han proclamado “Héroe del Trabajo de la República”.

Los avatares del mencionado “intelectual orgánico”, ensalzado por los castristas y descalificado por quienes se les oponen, me ha hecho recordar los lejanos tiempos de mi niñez y adolescencia. Me refiero a la era anterior a la trepa al poder de enero de 1959, que nuestros compatriotas, de manera sarcástica, han bautizado como “la Época de los Malos”.

En aquellos tiempos existían diversos diarios, de tendencias, horarios y concepciones diversas. Entre estos podía escoger libremente cada suscriptor potencial. En el caso de mi familia, habíamos optado por Información. Se trataba de un periódico de gran ecuanimidad, y tanto, que nunca vi en su primera plana algún titular que de algún modo resaltara sobre los restantes. Todos (y eran muchos) aparecían con letras de igual tamaño.

Confieso que esperaba con especial interés la entrega dominical, que venía acompañada por los codiciados “muñequitos”. Uno de ellos, de los que no recuerdo su nombre ni autor, era una página compuesta por distintos chistes individuales sobre temas diversos. Su factura era inconfundible: más que dibujos propiamente dichos, eran una especie de garabatos coloreados.

Era usual que al menos uno de los chistes estuviese consagrado al mundo del comunismo. De manera indefectible, aparecían sentados alrededor de una mesa varios gordos que vestían trajes de mala muerte. Casi todos ostentaban en su pecho una medalla que decía “Héroe”. El que les hablaba de pie desde la cabecera de la mesa exhibía dos condecoraciones análogas. Y de la pared colgaba un cuadro en el que aparecía otro sujeto de rostro patibulario, este con tres medallas.

Al cabo de tantos años, es natural que yo no recuerde el texto que leía el orador de turno. Pero resultaba muy simpático. Pienso al respecto: Si esos dibujos me hacían gracia en aquella lejana época en que yo, para mi gran dicha, desconocía las turbias realidades del comunismo, ¡cuál no sería la hilaridad que ellos me provocarían ahora!

Esa misma consideración resulta válida para el día presente. ¡Sería magnífico que los graciosos garabatos fuesen reproducidos y divulgados ahora, para beneficio de todos los cubanos, venezolanos o nicaragüenses que hoy padecen bajo el comunismo!